Reflejos
Una pareja descubre en el lago Escondido, en Tierra del Fuego, una escena que desafía su percepción del tiempo y la memoria. Cuento de Pablo Félix Jiménez, escrito en 2019.
Por Pablo Félix Jiménez. Cuento escrito en 2019.
A Reflejos lo escribí en el año 2019 y no podría haber sido escrito sin mi estadía prolongada en Ushuaia, Tierra del Fuego.
Reflejos
Lo que pasó en Tierra del Fuego podría narrárselo en primera, segunda, o tercera persona del verbo y nada cambiaría. El desenlace sería el mismo, con matices más, matices menos. Lo ocurrido tiene una palabra: Desconcertante. Y sucedió hace ya varias décadas.
En Tierra del Fuego el Lago Escondido reflejaba las cimas del bosque de lenga, que se extendía a lo largo de las orillas muertas y frías de un día soleado.
Ellos entraron al lago por un camino sinuoso y enripiado abierto en el bosque. A ambos lados se observaba la nieve acumulada. Aquí y allá había hojas sueltas que amarilleaban y palidecían, descomponiéndose bajo la verde vegetación.
La sombra de las monolíticas montañas de cumbres blanquísimas caía oblicua y se posaba también en las aguas encerradas en una geografía insólita y apartada.
Desde que habían llegado, el silencio los había inquietado. A excepción del rumor de fondo que se podía oír, cuando el agua oscilante daba contra las piedras y troncos inertes caídos sobre los márgenes a intervalos caprichosos. Se habían sorprendido. Estaban solos, ningún turista, ni pescador, nadie, solo ellos habían concurrido al lago ese día.
El día anterior prepararon todo lo que iban a necesitar para pasar un día, llevaban botiquín de primeros auxilios, inclusive equipo de buceo, trajes de neopreno por el frío. Sabían que el agua helada era peligrosa. Ambos tenían más de treinta y ambos habían viajado por el mundo practicando el buceo en distintos mares, lagos y cenotes. Pero habían decidido sentar cabeza, echar raíces, engendrar y hacer familia; estaban dedicando sus últimas hazañas al lago que queda al sur del mundo. Pensaban dejar atrás todo y darse por completo a los hijos que buscan engendrar.
«Pasearon en el bote, bordeando los límites del lago. Ella había tomado uno de los remos. Él le hizo señas con la cabeza, luego recuperó los remos.»
Noelia interrogó a Esteban con la mirada y supo que debía mantenerse en silencio como cuando salían de cacería.
Esteban remaba con excesiva prudencia y su mirada parecía que escrutaba al detalle cada hueco negro que se formaba entre las filas de árboles de lenga. Noelia lo imitó, pero no veía nada, aunque era evidente que Esteban algo había visto u oído...
—¿Por qué nos detenemos? —dijo Noelia.
—Ssshh. Escucha. —Sugirió Esteban.
—¿Qué? —preguntó...
Y fue entonces cuando escucharon un sonido conocido, como el de un cuerpo al caer al agua.
Ambos miraron hacia un lugar cerca de la costa. Esteban estaba por arrojarse al agua, pero Noelia, tomándole un brazo, le hizo desistir. Pasaron uno o dos minutos cuando emergió del agua una mujer con algo parecido a una pequeña red con algunos peces o almejas.
La mujer que estaba de espaldas y completamente desnuda, se incorporó y caminó hacia la orilla. Iba como si no se hubiera percatado de la presencia de ellos.
Al pisar la arena húmeda de la playa, otras mujeres igual de desnudas con sus críos salían tímidamente de entre los árboles y se iban reuniendo con la joven que había salido del lago.
Esteban y Noelia estaban inmóviles, sin saber cómo reaccionar. Aquella joven mujer giró sobre sí cuando una de las mujeres, una anciana, le señaló hacia donde ellos estaban. Y alejándose del grupo, dio unos pasos hacia el agua, se detuvo en el límite de algo, sí, en el límite a algo, y desde allí los miró a la distancia.
Empezaba a caer nieve suavemente sobre aquellos cuerpos desnudos. La pelusa de nieve se derretía al posarse sobre el calor de esos hombros redondos y esos senos vitales de la joven que los miraba.
—He-llo-u. —Dijo la joven mujer en un inglés extraño.
—Hola.
—Hola. —Dijo también finalmente Esteban en respuesta en un español perfecto.
—Ho-la-a. —Repitió la joven en un español que sonó arcaico.
¿Qué más podían hacer? ¿Tratar de hablar? Era evidente que hablaban otro idioma. ¿Intentar acercarse?... Y los hombres ¿dónde estaban? Porque tenían que estar en algún lado...
Miraba a aquella mujer que tenía una larga cabellera negra salpicada por la nieve. A su vez, era mirada por unos ojos negros fijos y tiernos. Por alguna razón, tibias lágrimas empezaron a rodar por el rostro de Noelia, lloraba. Lloraba y quería evitarlo, y se preguntaba por qué, y no llegaba a dar con una respuesta.
Sentían frío... El reloj corría... Y los latidos también...
Aquellos cuerpos tenían un dejo a color sepia, como esas viejas fotos familiares, como esas que sacamos a veces sin quererlo, y nos invaden recuerdos de otros tiempos, cuando éramos otros, pequeños, vulnerables, como aquellos grandes que ya no están, que se fueron, pero que atesoramos aunque más no sea su imagen, que se nos va, que se nos va yendo poco a poco, de la memoria y hasta del tiempo.
Cuando salieron del sopor, aquel grupo ya se había perdido en la espesura del bosque y reinó el silencio. Un silencio que se notaba con más profundidad a medida que remaba esta vez Noelia hacia alguna parte...
Regresaron al día siguiente y en otras ocasiones. Pero nunca más volvieron a dar con aquellas mujeres. Ni con la joven que pudiera haber sido Yok'cushly o Fuegia Basket, como la llamaban en inglés, Yok'cushly lejos de su isla natal, en otro mundo del limbo del tiempo, desde donde les había dado su saludo y quizás su adiós definitivo, en un inglés impostado que usó para comunicarse con los otros, los extranjeros, con una mueca de desconcierto.
-Fin-
*Fuegia Basket (cuyo nombre original era Yok'cushly). Fue una niña yámana de los archipiélagos de Tierra del Fuego que, en 1829, cuando tenía nueve años, habría sido capturada por el capitán Robert FitzRoy y llevada a Inglaterra a bordo del HMS Beagle. Durante su estancia en Londres recibió educación y, posteriormente, regresó a su tierra natal en 1833 junto a Charles Darwin, quien también viajaba en la expedición. Es recordada como una de las primeras mujeres de pueblos originarios del sur de América en viajar a Europa y como una testigo excepcional del encuentro entre dos mundos.
*El sábado 19 de septiembre a las 10:50 hs, leí este cuento, “Reflejos”, en el 3° Encuentro Nacional e Internacional de Escritores del Sol – Las Talitas, en Tucumán. También compartí el cuento “Carnaval endiablado”.
Por Pablo Félix Jiménez
Periodista Digital | Cultura y tecnología

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